24 junio, 2010

Francisca

He llamado por teléfono a Francisca y he pasado un buen rato. Esta “anciana moza” del Castillo de Garci- Muñoz, que me invita a chocolate con churros en octubre y mayo, que no aprendió a leer y a escribir por tener que trabajar desde los nueve años, tendría mucho que enseñar, en lo que a dicción toca, a muchas licenciadas de su edad. Francisca nunca ha tenido problemas en expresar lo que siente y piensa y, al contar esto, me viene a la cabeza su abuela. Porque a Francisca le enseñó a hablar y a expresarse su abuela a base de oírle contar, junto al fuego, consejas, cuentos, romances y “sucedidos”, las noches de los largos inviernos castellanos. Ella, ha olvidado ya aquellas interminables poesías que hace años le oí recitar, pero le queda el arremango y la inocencia. Le queda la Fe. Ésta, ha conseguido derrotar tanta televisión vista en las noches ciudadanas de su larga vida. Francisca a los nueve años estaba “hecha”, lista para enfrentarse a la vida: nueve hermanos, - a veces subidos sobre la paja del carro cantando al volver del campo -, poco pan, y una mente despierta. “Veníamos a la ciudad como los de las pateras” - me decía hace poco por teléfono – sin nada”. Francisca, como muchas mujeres de su edad, tiene la infancia a flor de piel. Con su´s 75 años, sigue saliendo a coger caracoles y espárragos por los ribazos. Le da miedo caerse, pero se va. “Virgen María: que vuelva a mi casa como me voy” y así es. Francisca vio una noche, no sabe si soñando o no, sobre la pared de su cuarto una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y a los pocos días, le regalaron una igual: había muerto una señora a cuya casa iba a limpiar y sus hijos al desmontarla, se la regalaron.