27 junio, 2009

Atrasos

El tiempo se nos echa encima y cuesta no dejar constancia de él. El día 26, festividad de San Josemaría, fui como todos los años a la misa solemne de San Juan del Hospital, la hermosa iglesia de 1238, que allá por los sesenta, el Arzobispo de Valencia, posiblemente D. Marcelino Olaechea y Loizaga, encomendó al Opus Dei. Encomienda que no fue mala porque de un local encalado, que servía de cine de Acción Católica, con trabajo, dinero, ilusión y coraje, Don Salvador Moret – rector entonces de la iglesia – sacó a luz la hermosa nave gótica, que hoy disfrutamos.

Fui como, el año pasado, con mi nieto mayor Alejandro, de 11 años. Por el camino me espeta: “ Ya se porque San Josemaría se hizo sacerdunote, porque lo sentiría en su corazón. Mi mejor amigo también quiere ser sacerdote porque dice que nota en su corazón que Jesús se lo pide”. Le ciontesté: “¿Cómo se llama tu mejor amigo”. “ Pablo Araujo”. Le dije que rezaría por él. Comentario un poco tonto, por razones varias, que no son del caso. Pero mi deseo es firme desear que no se pierda una vocación sacerdotal. Dios a veces “tira los tejos” muy pronto en una vida. Luego me dijo que quería ir conmigo a esa misa para ofrecerla por que su padre tenga trabajo y por su primo Jose que le van a poner un corsé con unos hierros…”

Termino con una frase de San Josemaría que me ha encantado:

“Por la senda de la humildad se va a todas partes…, fundamentalmente al cielo” (Surco, 282)