21 diciembre, 2006

Deprisa

Las Navidades se nos echan encima y el año se escapa también. Corremos un poco asustados. La iluminación de las calles, los regalos, el consumo sin tregua, las prisas ¿no es tratar de apabullar al miedo que, acompañando siempre la vida del hombre, se hace más patente en estos días? Echamos cuentas del año que se va y de quienes se han ido con él. “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”, fueron las primeras palabras con las que Juan Pablo II, se dirigió al mundo. Sabias palabras de un hombre que conocía al hombre y nos desveló ese conocimiento: “El misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado”. Es este Verbo encarnado el que contemplamos ahora en esa cueva de Belén hecha de troncos, tela de saco, corcho, cartón, papel de seda, musgo, y aquella caja grande del dvd que guardamos cuidadosamente en el altillo para poner el belén, cuando tocara hacerlo. Rezando frente al Belén, puesto en el cuarto de estar, en el corazón de la casa, aprendemos muchas cosas: que no necesitamos de tantas para vivir, que lo importante es el cariño que seamos capaces de dar, que se está bien acurrucados junto a las figuras de María, José y el Niño que nos hacen fácil la contemplación. Adquirimos allí la certeza de que lo que realmente importa está al alcance de todos, porque Dios se ha hecho Niño para no nos de vergüenza acercarnos a Él. Junto a la Sagrada Familia, que comparte con animales, su cobijo podemos alegrarnos pensando que felizmente todo no acaba aquí, que llegará un dia en que nuestra hambre y sed de justicia quedará satisfecha. Hasta que ese día llegue no podemos estar con los brazos cruzados.