09 febrero, 2007

Marian

Hoy sería el cumpleaños de Marian. Suena bien Marian ¿no?, sin embargo su nombre era una manera de arreglar aquel un tanto patético con el que la bautizaron: Mª Angustias. El nombre de la Patrona de Arévalo, donde nació. Marian estaba orgullosa de su tierrá de Ávila, la tierra de Santa Teresa. Cuando la conocí, viuda desde los treinta y madre de un único hijo Germán, no practicaba la fe en la que la educaron. Marian no aceptaba haberse quedado viuda de aquel hombre con visos de poeta que tan pronto la dejó. Marian no sabía que los hombres se van, a la eternidad, o a la casa de enfrente. Se ganaba la vida como A.T.S del Hospital Cliníco, en Traumatología. De hecho, la conocí cuando una moto atropelló a mi hija Marta, de cuatro años ( del que salió sin secuelas). Nos hicimos amigas. Quise acercarla a la fe. Discutíamos. Sorprendentemente, una vez fue ella la que me recitó, mientras sonreía ese punto de Camino que dice: “De las discusiones nunca sale la luz porque las ciega el apasionamiento”.

Me decía me asusta cumplir años: “son muy duras las noches de guardia en el hospital, cuando hay que estar en quirófano”. No cumplió demasiados. Un verano se fue ilusionadamente de viaje a Iran con un matrimonio amigo. Llamaba a su madre desde allí contando lo bien que iba todo, lo estupendamente que lo estaba pasando. Pero, alquilaron un coche los tres y éste derrapó por un precipicio. Murieron en el acto. Era el 14 de septiembre festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. A los pocos días tres ataúdes llegaban al aeropuerto de Valencia.

Marian, no envejeció trabajando como temía. Tampoco había sido para tanto el tiempo que le costó volver a encontrarse con su Germán, aquel que de joven había editado un libro de versos; “Singladura”, que yo en su momento leí.