18 enero, 2006

Gente

El 7 de enero fuimos un grupo de amigas ver a Patro que vive en “Las Angélicas”,una residencia de señoras, llevada por monjas, que hace honor a su nombre porque la gente allí acogida esta encantada. Le sugerí a Patro que nos contara, algunas no lo habían oído “el atraco” que había vivido hace algunos años. Helo aquí:
Patro, con los setenta cumplidos y su escasa vista iba por una calle desierta cuando ve venir hacia ella un joven con mala pinta, jugando a darle vueltas a un pequeño pañuelo de cuello. A ella empiezan a temblarle las piernas pero hace frente a la situación. Él la aborda: “Átame el pañuelo al cuello”- “Átatelo tú”- “tengo mal la muñeca”- “¿y cómo es que la mueves?” – él insiste: “Átame el pañuelo al cuello” ( con ademán de arrancarle a ella la cadenade oro). Patro se resiste -. “No puedo. ¿no ves que tengo la mano ocupada?”. La abre y muestra un rosario: “¿ves? venía rezando el rosario. Sujetámelo”. Cuando ella temblando se dispone a atarle el pañuelo al cuello él le dice: “Vah¡ veo que eres buena. No te hago nada. Mi madre también va a veces rezándolo por el pasillo”. Patro se envalentona: “ Y tú ¿Por qué haces estas cosas?. Me has dado un buen susto y ¿qué ganas con eso?. Mira, voy a rezar este misterio por ti uniéndome a las oraciones de tu madre, para que seas bueno”. Él hace ademán de alejarse diciendo : vah¡. Cuando ha caminado un poco se vuelve a Patro y le grita : “Me llamo Andrés”…
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Asistí al funeral de la mujer de José. Apenas conocía a éste, pero es como yo parroquiano asiduo y realmente el dar la paz durante la misa un día y otro durante años, hace que no nos sea indiferente quien, sin que eso diera, lo sería. Al terminar la santa misa el párroco invitó a José a subir al ambón y dirigirnos una palabras a los presentes.
Costumbre ésta un tanto americanizada que parece que vamos incorporando. Aunque creo que maldita la falta que hace acabar así una misa de funeral. En este caso me gustó escuchar, después de haberse presentado (catedrático de universidad jubilado) y de agradecer nuestra presencia, que su mujer era la novia de su juventud, que había tenido
( “se van a reír” ,dijo) diez años de noviazgo y sesenta de matrimonio y seis hijos. “Me parece aún estar viéndola ahí, junto al pasillo dónde nos poníamos”. Pilar ( su mujer estuvo al final de su vida en una silla, y él venía a misa con ella. Nos dijo: “la fe ha acompañado toda mi vida gracias a Dios”. Para muchos no hacía falta que lo dijera.
Al salir de la iglesia se le veía contento. Había cubierto aguas.